Pues decidí que no iba a desperdiciar mi vida con nadie que no la valorase.
Y tú no lo hacías. No valorabas ni un resquicio de todo lo que hacía por ti. Como un perrito arrastrándome, sin decirte nunca que no a nada. Y si osaba hacerlo, siempre con sumo cuidado. Por si saltabas a comerme, una vez más, convirtiéndome, más pequeñita aún de lo que me sentía, porque así me lo hacías sentir.
Pero en parte admito que fue mi culpa, por dejar que todo eso pasara, por asumirlo como obvio. En parte fue mi culpa porque perdí todo el respeto hacia mí misma por una persona que ni si quiera era capaz de verme tal y como era, sino que me amoldaba a sus comodidades. Pero ya no, ya soy feliz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario