martes, 21 de julio de 2015

Tantas cosas que te he dicho,  y tantas cosas por decir, que seguramente nunca te diré. También otras pocas que me arrepiento de haberte dicho. Esas nunca las olvides, úsalas para recordarme hasta qué punto puede llegar mi estupidez, arriesgando tu amor incondicional por simples momentos de mero orgullo pueril.

Puede que no uses las palabras, pero ambos, ambas, sabemos que el amor que tú transmites se materializa en peticiones de besos en la mejilla a más no poder y comidas calientes de mediodía. Y yo te corresponderé siempre, no hay duda, siempre que tú me dejes ser la nieta de tus ojos, en cada palabra tuya, tanto de reproche como de admiración y orgullo. En cada amanecer que permaneces en el mundo. En cada anochecer que la luna ilumina tus ojos con vida.

Sabes, cada vez que me imagino que me faltas, me entran los impulsos de cerciorarme de que sabes todo esto, ya te lo haga saber con hechos, gestos, o simplemente miradas. Por eso, mi mente necesita egoístamente pedirte que nunca te vayas, que no imagina un mundo de sonrisas sin ti.