Nunca me avergonzó tener miedo. Temo a la muerte, la espero temerosa, pensando qué se sentirá o qué se verá, con esa angustiosa imagen de que no sentiremos ni veremos nada, o quizá sí... esa incertidumbre de saber que no somos más que simples pasajeros en este viaje de la vida, que el mundo continúa, los días, los meses, los años, los siglos van pasando y sólo unos pocos acaban siendo recordados para siempre. Y mientras ¿qué? tenemos que conformarnos con esta vida rutinaria, en la que la mayor felicidad es vivir confortante, sin que nos falte de nada, pero estamos tan equivocados... nos negamos a abrir los ojos. Y luego es lo que pasa, que a la hora de quedarnos solos pensando nos damos cuenta de que no servimos para nada, que aquí sólo estamos de paso, pero ¿acaso todos lo pensamos? ¿o es que soy la única? No creo que sea la única que se sienta tan inútil e imbécil cuando se hablan cosas tan superficiales y superfluas como las pintas que lleva el de al lado o lo bien que le queda el nuevo corte a esa chica. De verdad que puede sonar hipócrita, porque colaboro en esos temas, pero luego cuando pienso, y anhelo charlas inteligentes sobre cosas interesantes me da rabia no poder compartir ciertos temas con muchas personas, porque temo que me miren como si fuera un bicho raro.
Me siento tan inútil ante todo esto, no poder cambiar nada, que este mundo se constituya tan superficialmente, no poder hacer nada, no poder cambiar nada...