No puedo prometer nada, ni me gusta poner nombres a las cosas, ni etiquetas a las personas. ¿Qué horas son, mi corazón? Ya da igual, si nos va a dar igual estando tumbados sobre la cama, dejando pasar las horas, y horas, y horas. Es fácil hablar cuando lo que hay que decir es algo simple. Pero cuando es algo grande eso que deseamos sacar, me gusta más hacerlo a través de pequeños gestos.Y quien tenga que entenderlo lo entenderá cuando lea esto.
jueves, 10 de enero de 2013
Y descubro que me gusta. Que me gusta que bromee conmigo, que me cuente cualquier cuento por muy a chino que suene y yo siempre le crea, porque me da confianza y soy inocente, pero le encanta y me encanta creerle porque me encanta escucharle. Y descubra de repente que aunque me de mil besos, el hormigueo repentino en alguno inesperado sigue ahí. Reír como nunca. Y sonreír. Sobretodo sonreír.
No puedo prometer nada, ni me gusta poner nombres a las cosas, ni etiquetas a las personas. ¿Qué horas son, mi corazón? Ya da igual, si nos va a dar igual estando tumbados sobre la cama, dejando pasar las horas, y horas, y horas. Es fácil hablar cuando lo que hay que decir es algo simple. Pero cuando es algo grande eso que deseamos sacar, me gusta más hacerlo a través de pequeños gestos.Y quien tenga que entenderlo lo entenderá cuando lea esto.
No puedo prometer nada, ni me gusta poner nombres a las cosas, ni etiquetas a las personas. ¿Qué horas son, mi corazón? Ya da igual, si nos va a dar igual estando tumbados sobre la cama, dejando pasar las horas, y horas, y horas. Es fácil hablar cuando lo que hay que decir es algo simple. Pero cuando es algo grande eso que deseamos sacar, me gusta más hacerlo a través de pequeños gestos.Y quien tenga que entenderlo lo entenderá cuando lea esto.
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